El berrinche ideológico de la Casa Rosada tras la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje de Brasil dinamitó los puentes con la propia dirigencia política que le sostiene la gobernabilidad al Poder Ejecutivo. En un movimiento de pragmatismo e institucionalidad, los bloques del PRO y la Unión Cívica Radical (UCR) le dieron la espalda a Javier Milei, felicitaron al líder del PT por la reelección y dejaron al oficialismo libertario sumido en un aislamiento político y diplomático inédito.
Tras la reunión de Gabinete encabezada por Milei para intentar minimizar las esquirlas del revés electoral en el socio comercial más importante de la Argentina —donde el Presidente se involucró haciendo campaña por el candidato de la ultraderecha—, se definió sostener el silencio oficial. La estrategia de la Rosada pasa por respaldar la maniobra judicial del derrotado Flávio Bolsonaro, quien anunció que pedirá la «anulación» de los comicios.
Para justificar la negativa a reconocer a Lula, el mileísmo se agarró de las palabras de Donald Trump, quien desde Washington agitó la versión de un supuesto «fraude electoral» y tildó de «corruptos» los comicios sin aportar prueba alguna. Sin embargo, la maniobra para encubrir la derrota dejó al mandatario argentino descolocado: mientras líderes conservadores de la región como Santiago Peña (Paraguay), José Antonio Kast (Chile), Keiko Fujimori (Perú) y Abelardo de la Espriella (Colombia) convalidaron el resultado democrático, en el plano doméstico sus propios aliados parlamentarios prefirieron soltarle la mano.
La señal más lapidaria para el esquema libertario partió desde el propio PRO. A través de un comunicado, expresó su rechazo a la tesitura oficialista: “El resultado de las elecciones presidenciales de Brasil abre una nueva oportunidad para afianzar un vínculo que es histórico y permanente. Nuestra relación estratégica es un pilar fundamental que se fortalece con cada nueva etapa democrática”.
El propio Mauricio Macri hizo público su saludo personal congratulando a Lula da Silva por «su cuarto triunfo electoral», despejando cualquier duda sobre la urgencia del empresariado argentino por cuidar el intercambio en el Mercosur.
Desde la UCR, la conducción nacional encabezada por Leonel Chiarella emitió un pronunciamiento institucional felicitando «al pueblo brasileño, que en una jornada histórica eligió para un cuarto mandato a Luiz Inácio Lula da Silva». La postura institucional contó con el respaldo de los bloques legislativos alineados con los gobernadores provinciales.
Dirigentes radicales como el diputado Diógenes González —referente correntino del espacio de los hermanos Valdés— fueron letales con la actitud del Poder Ejecutivo: “La decisión del pueblo brasileño debe ser respetada (…) ¿Cómo se reconstruye la relación con un país hermano cuando el Presidente de la Nación se ha dedicado a descalificar a quien ha sido electo por voluntad popular?”, interpeló.
El alineamiento ciego de Milei con las denuncias de la ultraderecha derrotada no solo daña el tejido productivo y las exportaciones hacia el mercado brasilero, sino que le regala la iniciativa política a la oposición en el Congreso de la Nación.
Desde el peronismo, que celebró efusivamente el triunfo del PT por afinidad ideológica, preparan una maniobra parlamentaria para arrastrar al recinto de la Cámara de Diputados un proyecto de declaración de reconocimiento oficial a las elecciones brasileñas. La movida busca dejar al desnudo la soledad de La Libertad Avanza y obligar al PRO y la UCR a votar junto a la oposición para blindar la relación con Brasil, profundizando las fisuras de la bancada oficialista con sus socios de gobernabilidad.
Javier Milei volvió a subordinar los intereses estratégicos de la Nación a su agenda personal. Mientras sus aliados internos eligen la responsabilidad comercial, la Casa Rosada queda atrincherada en un rincón de irrelevancia internacional, aislada de la región y a contramano de la realidad democrática.




