La marea roja del Partido de los Trabajadores (PT) volvió a a las calles en una de las definiciones electorales más dramáticas de la historia reciente de América Latina. Este domingo, miles de brasileños colmaron la emblemática Avenida Paulista de São Paulo en apoyo a Luiz Inácio Lula da Silva, con el objetivo de dar vuelta el resultado de cara al balotaje frente al senador ultraortodoxo Flávio Bolsonaro.
Rumbo a la búsqueda de un cuarto mandato presidencial, Lula trazó dos ejes políticos y sociales para disputar el voto en la recta final. El primero convocó a salir a buscar a los más de 30 millones de abstencionistas que no acudieron a las urnas en los comicios del pasado 4 de octubre, haciendo especial hincapié en la franja de adultos mayores, al tiempo que advirtió que el país no puede permitir «que los ladrones vuelvan a gobernar este país».
El segundo eje consistió en poner sobre la mesa la discusión por los derechos laborales, marcando un claro contraste de modelos con su competidor. Lula defendió el proyecto para eliminar la cuestionada escala 6×1 —el régimen que obliga a trabajar seis días por apenas uno de descanso— garantizando por ley dos días de descanso semanal. La iniciativa contempla rebajar la jornada máxima laboral de 44 a 40 horas semanales sin ningún tipo de recorte en los haberes, disponiendo un primer escalón de ajuste a 42 horas a los 60 días de promulgada la norma.
La propuesta social de Lula desató la reacción del candidato del Partido Liberal. Flávio Bolsonaro, quien pregona en su plataforma un severo recorte del gasto público inspirado en las políticas aplicadas por el presidente argentino Javier Milei, tildó la medida de «oportunista». Sin embargo, el presidente brasileño devolvió el golpe exigiendo que su rival hable de cara a la sociedad y aclare si está a favor o en contra de que la clase trabajadora acceda a más tiempo de descanso.
El debate por los ingresos y las condiciones de vida irrumpe en un contexto económico complejo: aunque Lula llega al cierre de su mandato con niveles de desempleo en mínimos históricos, los relevamientos de opinión pública registran una marcada preocupación popular por la pérdida del poder adquisitivo a raíz de la inflación en alimentos y servicios.
El despliegue de fuerza en la Avenida Paulista responde a la urgencia de recortar la distancia arrojada por una primera vuelta que descolocó a todas las consultoras. En el escrutinio oficial (99,99% de las urnas), Flávio Bolsonaro dio el zarpazo al alcanzar 56,1 millones de votos (47,03% de los sufragios), relegando al segundo lugar a Lula, que obtuvo 53,9 millones (45,16%), estructurando una brecha de 2,2 millones de sufragios.
El avance de la extrema derecha se produce bajo la sombra tutelar de Jair Bolsonaro. El expresidente, que cayó derrotado por un margen estrechísimo ante Lula en 2022, fue condenado por el Supremo Tribunal Federal por su participación en el intento de golpe de Estado y permanece detenido desde 2025.
Imposibilitado de competir, el exmandatario ungió a su hijo Flávio como su heredero político para encabezar la ofensiva del espacio. Con un escenario de paridad absoluta y las cartas sobre la mesa, Brasil se encamina a un balotaje decisivo donde la clase trabajadora y la movilización popular definirán el rumbo del gigante sudamericano.




